domingo, 13 de diciembre de 2015

Cuarta inseminación artificial

Acabada la gran chapuza, de nuevo los “atajos” no se me daban bien. 

Si mi triquiñuela para comenzar directamente la segunda estimulación por azares del destino no funcionó, esta vez que la dra. Matanueras me hacía el favor de ir rapidito, mi cuerpo dijo que mejor descansar, y de nuevo un quiste funcional me fastidió el plan y me obligó a estar en el banquillo. 

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Esta vez la ginecóloga que me tocó no me recetó anticonceptivos porque según ella no eran necesarios porque solían desaparecer sin necesidad de recurrir a ellos, así que me fui con el temor de que siguiese allí en el siguiente ciclo.

Otra llantina telefónica por la noticia y por la desconfianza... Pero ahora siento que ese parón era necesario. Gracias a él pude hacer un trabajo personal junto a mi marido de recobrar la confianza. Saqué fuera todos los sentimientos más oscuros que tenía sobre mí misma y al compartirlos con él me sentí mucho más aliviada. Fue el momento en que también empecé a abrirme a la #Infertilpandy y a empezar a quererme.

Hice un gran esfuerzo en cambiar el chip hasta el punto que quise creer que bajo la frialdad y el carácter desagradable y áspero de la doctora Matanueras, se escondía una buena profesional, pionera en la disciplina en mi comunidad y con el autolavado de cerebro personal, aprendí a cogerle hasta algo de cariño como para alegrarme de que me tocase ella en las citas posteriores.

Quise ver buena intención en su estrategia de comenzar el siguiente ciclo sin transición y me armé de ilusión por ese último tratamiento, aunque fuese de manera “autoimpuesta”. Sabía que era el último cartucho antes de pasar a FIV, que eso sí que sería “fácil”, pero en aquellos momentos tenía miedo a la hiperestimulación y a la punción y no quería pasar por ese último tratamiento de IA dándolo por perdido desde antes de empezar, no era positivo para nadie y ¿quién sabe? Quizás nuestro bebé naciese gracias a él.

El 28 de mayo de 2015 por fin pudimos empezar de nuevo con el Menopur, siguiendo la pauta de siempre y el 10 de junio fue la inseminación, con el mejor valor de seminograma de nuestra historia 90 millones de soldaditos espartanos espabilados, rápidos y guapísimos dispuestos a conquistar el óvulo. Además la gine que me tocó me dijo que había muy buen moco (lo siento por el factor escatológico) y que todo estaba perfecto para que esta vez saliese todo bien.

Nos ilusionamos más que nunca y pasé la betaespera más dulce de todas, los síntomas (a los que no haré nunca referencia debido a que nunca significaron nada) se duplicaron, el animalito que vive con nosotros me daba lametoncitos en la barriga, cosa que no había hecho hasta entonces, conocidas me preguntaban si estaba embarazada porque me notaban “algo”... En fin, una locura que me hizo creer que esta vez sí que sí, pero como siempre fue no que no.

Por primera vez me bajó la regla antes de dejar la progesterona y la Meriestra incluso. Sueños rotos.

Esta vez mi marido se lo tomó peor por lo buena que había sido su muestra, lo bien que había ido todo supuestamente... y como nos decían que a cada intento se incrementaban las posibilidades y estábamos “perfectos” en el saco del origen desconocido, pues se esperanzó y esta vez me tocó a mí estar más fuerte y poder consolarlo.

Al menos habíamos quemado una etapa necesaria y en la última cita llevamos todos los papeles necesarios para tramitar el paso a FIV, que en el asco hospital no se hacía, sino en una clínica especializada de la capital. 

Investigué y solían dar cita como en mes y medio, tiempo que tardaba la tramitación del expediente, ya que no tienen lista de espera, pero mi marido necesitaba tiempo para recomponerse. Me pidió irnos de vacaciones y retomarlo todo en septiembre. Y así fue, en julio recibí la llamada para ir a la primera cita en la nueva clínica y cogimos fecha el 16 de septiembre. 

Pero esa es otra historia y la cuento aquí.

Hoy estoy a tope de energía positiva porque justo mañana es mi primera cita para comenzar la ovodonación. ¡Deseadme suerte de la buena!

Os quiero.

Tercera inseminación artificial

Tras reponernos del segundo gran golpe, en este tercer tratamiento sí pudimos empezar directamente con la siguiente estimulación y el 23 de febrero de 2015 comenzamos con los pinchazos.

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Esta vez, quizás porque nos tocó otro ginecólogo o porque fue mal, sí recibimos alguna información más. Los folículos no acababan de madurar y tuvimos que retrasar la inseminación tres días más, pero se programó todo sin verificar que estaba correcto y finalmente el 9 de marzo mi doctora favorita (nótese la ironía) me dijo que se había realizado sin que aún hubiese ovulado (genial, porque además esta vez sí que me había dolido porque no sólo es brusca en su manera de expresarse, y hasta una eco de control podía llegar a ser muy dolorosa y sin avisar ni mostrar la más mínima empatía o consideración), pero que no pasaba nada porque los espermatozoides aguantan un par de días.

Nos “recetó” relaciones programadas ese mismo día y el siguiente por la mañana (nosotros insistimos un poco más las dos mañanas siguientes, poniendo el despertador a las 6,30 porque tocaba trabajar después, muy romántico todo...)

Lo raro es que la doctora me dijo que siguiese con la medicación hasta el día 30 aunque me bajase la regla y que fuese a hacerme la prueba (antes siempre decía que si bajaba la regla, dejase la medicación y pidiese cita directamente), y que a los cinco días empezábamos el tratamiento incluso sin esperar regla. Pienso que lo hizo por limpiar algo su conciencia porque visto que la habían cagado sobre manera haciendo la inseminación de esa manera, al menos quiso que a la siguiente y última vez (la Seguridad Social en mi comunidad autónoma sólo cubre cuatro inseminaciones artificiales) fuese todo más rápido...

Tras la gran chapuza, perdí toda la fe en el departamento, me sentí tan mal que estuve a punto de abandonar, no podía más. Además coincidió con el momento más crítico psicológicamente para mí. Me sentía inútil como mujer, no le veía sentido a mi vida. La naturaleza me negaba lo que más quería y que para tantas personas que no lo “merecían” tanto como yo les venía dado sin ningún esfuerzo. Sentía lástima de mí misma, rechazo, odio, asco... Sentía a todo el mundo como mi mayor enemigo. Estaba al borde de la mayor de las depresiones. Aún quedaba un intento de IA y no me sentía con fuerzas para afrontarlo.

Quiero comentar, para ser justa, que la persona que peor me lo ha hecho pasar ha sido la jefa del departamento a la que llamo dra. Matanueras. Los demás, sin ser la repera, fueron algo más atentos, al menos me miraban a la cara, mostraban algo de empatía, trataban de resolver mis dudas aunque escuetamente (la culpa quizás también era mía por no insistir cuando me quedaba con dudas).

Sobre el personal de laboratorio, salvo alguna raspilla, la que solía atendernos para recoger la muestra y entregárnosla posteriormente era un encanto, siempre intentando transmitir positivismo, siendo bastante cariñosa, con una sonrisa en la cara. Mi más profundo agradecimiento a ella, porque aunque a veces me hacía ilusiones por sus palabras, la verdad es que ella hacía correctamente su trabajo, me informaba de la buena calidad de las muestras y me deseaba la mejor de las suertes. Un amor.

De las chicas de farmacia, que es el lugar al que hay que acudir para recoger la medicación, tampoco tengo la más mínima queja. Al contrario, cuando explicaban el modo de administración de las inyecciones fueron siempre muy atentas y agradables, además el último día que fui allí a por medicación, ya en plena FIV, pedí permiso para pegar el cartel que hice sobre la #Infertilpandy (que podéis ver al pie del blog y que tenéis a vuestra disposición) y les pareció una gran idea.

Tenían una caja de bombones que alguna mamá agradecida les había llevado y me dijeron que el mayor de los regalos para ellas era que les llevasen a los bebés para conocerlos y que esperaba que pronto yo pudiese presentarle también a mi retoñito. Un encanto.

Segunda inseminación artificial

Ya os conté lo duro que fue el primer negativo, pero eso pasó y me tragué mis sentimientos, aunque seguían ahí haciéndome daño desde dentro, y me recompuse como pude.

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Tiré de picaresca y decidí hacer caso omiso a esperar un nuevo ciclo y con la siguiente regla, me planté en ventanilla para pedir cita. Nadie me dijo nada de que no pudiese iniciarse tratamiento por acercarse la navidad, así que al menos podía continuar en ese ciclo... O eso pensaba, porque justo cuando tuve la primera eco (esa con regla que tan agradable es), que por cierto, fue con la dra. Matanueras, jefa suprema del departamento de reproducción asistida y rancia como ella sola, (que no se percató que ahí estaba yo desoyendo sus indicaciones de esperar otro ciclo. El que no mire a la cara jamás a sus pacientes tenía que tener alguna ventaja...) me vio un quiste funcional, así que paradojas del destino, me vi obligada a quedarme en el banquillo, pero al menos era por una razón de peso...

Me recetó las primeras anticonceptivas que tomé en mi vida, y a casa.
Aquí se produjo la segunda llantina por móvil a un marido que al estar en el trabajo y no poder expresarse al estar “con público” se volvió a quedar con el corazón como una patata. Pero reconozco que esta vez para mí fue menos doloroso que la otra vez.

Comentaros que durante todo el proceso desde que nos derivaron a Reproducción Asistida y en cada parón por las pruebas (como la histerosalpingografía, que según se dice, la prima de una amiga de una conocida de alguien se quedó embarazada tras esta prueba), entre tratamientos... Siempre quise sentir que eran oportunidades para que se produjese un embarazo espontáneo. Era mi manera de buscar positividad para afrontar cada espera, era tiempo de descuento. Y puedo asegurar que desde el primer momento en que nos pusimos en manos de profesionales y muchas de las ocasiones anteriores incluso, nuestros encuentros amorosos fueron sóla y exclusivamente por placer (salvo los programados, y aún así lo intentamos), sin ansiedad, nervios, ni nada de eso...

El problema era otro, claro, pero lo digo por aquellas personas que piensan que somos unas agonías de la vida que no nos quedamos embarazadas porque nos boicoteamos a nosotras mismas por nuestras ansias neuróticas de tener un bebé. ¡Basta ya!

El 19 de enero de 2015 comenzamos la siguiente estimulación, que fue exacta a las anteriores, no sé si sería adecuada o no, porque nunca hubo variaciones, salvo en número de días de administración. Y paro aquí para hacer un inciso: Veréis que no os doy información sobre número de folículos, tamaños, localización, tamaño del endometrio... Pero no es porque no quiera dar esos datos o los pase por alto, es que nunca se me dió esa información, aunque la pidiese, ya que la dra. Matanueras no contestaba aunque lo preguntase expresamente y respondía con respuestas esquivas y bordes, claro que siempre estaba muy ocupada respondiendo por el móvil a los pacientes de su consulta privada como para escuchar mis tonterías... Los ginecólogos más amables se limitaban a decir que iba bien y punto.


La inseminación fue el día 28 de enero (esta vez molestó un pelín), la regla debería haber bajado el 13 de febrero y el test negativo fue el 17. Hicimos lo mismo que la vez anterior, TE el día antes para no enfrentarme sola a la noticia. Y como siempre, negativo. Lo afrontamos con la entereza que pudimos y a seguir.

Primera inseminación artificial

Empecé la historia de mis tratamientos por el final, por la FIV que al final no pudo ser. Hoy empiezo a contar cómo fueron mis cuatro IAs. Pensaba hacerlo todo en un mismo post por ser siempre la misma pauta de medicación independientemente de la respuesta (“maravillas” de la Seguridad Social), pero finalmente me han quedado siete paginazas y tendré que hacerlo por capítulos. Empezamos.

Recordar que tras pasar todas las pruebas diagnósticas estábamos en el cajón del origen desconocido porque todo supuestamente estaba perfecto (salvo esa operación de endometriosis quística en ambos ovarios que tuve en 2010, un detallito sin importancia al parecer... Menos mal que me queda la ironía!)

PRIMER TRATAMIENTO DE INSEMINACIÓN ARTIFICIAL

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Pauta: Primera inyección de 75 ml. de Menopur a las 22,00 el 16 de octubre de 2014 (en el tercer día del ciclo como máximo tras la regla, otras veces me dijeron que podía ser hasta el día quinto), última inyección el 24 de octubre.

25 de octubre 250 ml. de Ovitrelle.

Descanso un día e inseminación el 27 de octubre con vejiga llena, fue un momento y no dolió ni molestó nada.

A partir de entonces, 3 comprimidos de Meriestra cada noche a la vez y un óvulo de Progeffik cada 12 horas.

El 12 de noviembre ya se cumplió el día 28 de mi ciclo, cuando hasta entonces solía tener ciclos de 22, 24 o como mucho 26 días, con lo que las ilusiones no podían estar más arriba. Me sentía embarazada, tenía síntomas que San Google daba como muestras inequívocas de embarazo, tenía un retraso ya para mí importante... Tenía las reservas de ilusión y esperanza por las nubes.

Como mi marido no podría acompañarme el día de la prueba, decidimos hacernos un TE el día antes. Nos quedamos congelados al ver el negativo, no pudimos reaccionar, fue durísimo... Pero no quise creérmelo del todo, quería esperar a la prueba en el hospital.

Entonces las búsquedas de Google cambiaron y tras investigar vi que la progesterona produce retrasos en muchas mujeres y síntomas idénticos a los del embarazo. Nadie me informó de ello, con lo sencillo que habría sido ofrecer esa información y hubiese sido muy valioso para haber amortiguado un poco el golpe.

Al día siguiente, el 15 de noviembre, fue la fecha de la prueba de embarazo, realizada en orina y donde no aportaron más datos que el negativo.

Cuando pregunté cómo proceder cuando bajase la regla (porque previamente otra ginecóloga me había explicado que todos los TRA iban seguiditos), me dijeron que como se acercaba la navidad (os recuerdo que eso fue a fecha ¡15 de noviembre!) era mejor esperar otro ciclo, pero ya me dieron el volante para pedir cita en ventanilla para la siguiente vez, protesté tímidamente porque no sé qué me pasaba en esa consulta que me volvía pequeñita, invisible y no atendieron a mis peticiones.

No me lo podía creer, lo único que me animaba en ese momento era pensar que podría empezar pronto y tener la esperanza de poder acabar el año embarazada.

Salí de allí llorando, y llamé a mi marido para desahogarme de camino al aparcamiento. Me derrumbé en lágrimas, fue la primera vez de muchas. No sólo se había confirmado el negativo por si nos quedaba algún resquicio de esperanza, es que además nos impedían empezar en seguida con una razón absurda. Me sentí frustrada, enfadada, tratada sin que se tuviesen en cuenta mis sentimientos, silenciada, anulada, insignificante...

Ese día lo pasé llorando desconsoladamente en casa, me tumbé en el sofá, me tapé la cabeza con una manta y no podía parar. Mi marido se desesperó al verme así durante horas y horas. Es difícil de digerir, lo entiendo y a él también le dolía lo que había pasado, pero al no seguirme en mi total desconsuelo, lo traté como si fuese mi mayor enemigo, como si no me comprendiese cuando sólo intentaba calmarme, me recreé en la espiral del dolor y el sufrimiento y me autoconvencí de que estaba sola en esto y nadie en el mundo podía entender mi dolor.

No me siento orgullosa de haber tenido estos pensamientos, sino todo lo contrario, me avergüenza mucho haberme esforzado en buscar un enfrentamiento con mi marido, cuando hacía todo lo que podía por mí y olvidé que no sólo yo llevaba a cuestas la infertilidad, que a él le dolía de igual manera. Pero no sé, fue como si necesitase tocar fondo y sentirme la persona más desdichada sobre la faz de la tierra...

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Por qué no reprimir las lágrimas

Ayer hablábamos en Twitter Hipster de extrarradio, Hoping4U y yo sobre lo lloronas que estamos a veces y conecté con una teoría que hace poco estudié, prometí un post sobre ello y como soy muy bien mandá, aquí está.

Desde que somos pequeñitas siempre hemos sido educadas para no llorar. Llorar es símbolo de fragilidad, de ser caprichosa, ñoña, tonta... Y si esto pasa desde nuestra niñez, con la edad adulta no mejora, sino todo lo contrario.


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El llorar resulta socialmente molesto e incómodo. A los niños se les distrae con un juguete con una canción o se les niega lo que les pasa (¡No ha sido nada!) para reprimirlo y si lo extrapolamos a los adultos, los juguetes y canciones se cambian por frases como "No va a servir de nada que llores", "llorar no va a hacer desaparecer el problema", "¡vamos de copas/compras y se te pasa!" y muchas veces no damos lugar al duelo y ante cualquier pérdida nos llegan mensajes que nos empujan a actuar como si nada hubiese pasado (lo que conecta con lo que Antonio Guijarro llama empujar fuera del sitio donde estás), con "normalidad" y el dolor debe ser digerido cuanto antes para no ser molesto para los demás.

Y hablo como mujer, ni qué decir tiene que los hombres aún lo tienen peor a la hora de demostrar sus sentimientos a través del llanto, ya que a las connotaciones negativas que a nosotras nos aplican, a ellos se les suma culturalmente etiquetas que ponen en cuestión su virilidad o su fortaleza... Porque todos sabemos, como muy bien dijo Miguel Bosé hace años en una canción, que los chicos no lloran...

Pero nadie lo hace con maldad, no estamos preparados para acompañar el llanto ni sabemos llorar acompañados, yo la primera.

Hablaré sobre el llanto desde mi prisma de mujer infértil, ya que estos estudios tienen una muy útil aplicación en la manera en que acompañamos a los bebés y los niños y se podría profundizar mucho más en su relación con el aprendizaje y el desarrollo cerebral, pero ese es otro tema y hoy sólo daré unas pinceladas sobre cómo podemos recoger toda esta información que la ciencia aporta para vivir nuestra vida adulta y nuestra infertilidad de manera más saludable.

William Frey, bioquímico de la universidad de Minessota, ha desarrollado trabajos sobre el llanto a lo largo de más de quince años, y las considera una más de las excreciones humanas (como lo son la orina, el sudor...). Es el recurso que el cuerpo tiene para eliminar y liberarse de aquello que no necesita.

En sus estudios analizó la composición de las lágrimas y en base a lo que encontró, las clasificó en tres tipos:

-Lágrimas basales: mantienen el ojo lubricado y protegido de bacterias e infecciones, ya que, entre otros componentes, contienen una lisozima antibacteriana que también se encuentra en la saliva.

-Lágrimas reflejas: aquellas que se producen en cantidad para limpiar el ojo cuando lo invade algún cuerpo extraño o es irritado con alguna sustancia (cebolla).

-Lágrimas emocionales: tienen una química diferente a las anteriores, ya que contiene hormona adrenocorticótropa, ACTH, manganeso y cortisol, entre otros, que se generan y se acumulan ante el estrés psicológico o físico, como el dolor, cansancio, miedo...
Está demostrado que la acumulación excesiva de manganeso se relaciona con estados de depresión, mientras que los altos grados de hormona ACTH están ligados a ansiedad y estrés crónicos.
Por otra parte también se liberan endorfinas que poseen un efecto calmante y nos hace sentirnos bien.

¿Qué ocurre cuando reprimimos el llanto?

El aumento de esas hormonas que no liberamos como de manera natural el cuerpo haría para limpiarlo en su proceso homoestático, puede generar una serie de patologías físicas tales como estrés crónico, enfermedades cardíacas, ya que se producen alteraciones en el ritmo cardíaco, depresión crónica, úlceras o colitis, dermatitis, hábitos nocivos o compulsivos (morderse las uñas, tics, adicciones...). Pero también el reprimir el llanto desde nuestra niñez y más aún en nuestra etapa adulta a nivel psicológico puede dar lugar a silencio, conformismo, indiferencia, rechazo, contención, aislamiento, resignación o agresividad.

Me veo reflejada en un buen ramillete de las manifestaciones anteriores y eso que soy muy llorona...

Por todo eso se considera saludable el encontrar esos momentos de desahogo que nos liberen de aquello que nos resulta dañino y que de manera natural el cuerpo está diseñado para realizar.

*Os he dejado como imagen de esta entrada una frase de mi admirada Frida Kahlo, mujer infértil, que quizás hoy en día hubiese podido ser madre mediante algún TRA o gestación subrogada, y con la que me siento muy identificada porque sólo quien pasa por este camino puede saber a ciencia cierta lo que se siente. Fue la primera imagen que compartí en mi cuenta de Twitter y su reflexión me ayudó mucho al principio a liberarme de todo esos posos de dolor que la infertilidad va dejando.


Espero que este enfoque que ofrece la evidencia científica ayude a canalizar lo que sentimos sin que ello merme la imagen de mujeres luchadoras que sin duda somos.