domingo, 13 de diciembre de 2015

Tercera inseminación artificial

Tras reponernos del segundo gran golpe, en este tercer tratamiento sí pudimos empezar directamente con la siguiente estimulación y el 23 de febrero de 2015 comenzamos con los pinchazos.

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Esta vez, quizás porque nos tocó otro ginecólogo o porque fue mal, sí recibimos alguna información más. Los folículos no acababan de madurar y tuvimos que retrasar la inseminación tres días más, pero se programó todo sin verificar que estaba correcto y finalmente el 9 de marzo mi doctora favorita (nótese la ironía) me dijo que se había realizado sin que aún hubiese ovulado (genial, porque además esta vez sí que me había dolido porque no sólo es brusca en su manera de expresarse, y hasta una eco de control podía llegar a ser muy dolorosa y sin avisar ni mostrar la más mínima empatía o consideración), pero que no pasaba nada porque los espermatozoides aguantan un par de días.

Nos “recetó” relaciones programadas ese mismo día y el siguiente por la mañana (nosotros insistimos un poco más las dos mañanas siguientes, poniendo el despertador a las 6,30 porque tocaba trabajar después, muy romántico todo...)

Lo raro es que la doctora me dijo que siguiese con la medicación hasta el día 30 aunque me bajase la regla y que fuese a hacerme la prueba (antes siempre decía que si bajaba la regla, dejase la medicación y pidiese cita directamente), y que a los cinco días empezábamos el tratamiento incluso sin esperar regla. Pienso que lo hizo por limpiar algo su conciencia porque visto que la habían cagado sobre manera haciendo la inseminación de esa manera, al menos quiso que a la siguiente y última vez (la Seguridad Social en mi comunidad autónoma sólo cubre cuatro inseminaciones artificiales) fuese todo más rápido...

Tras la gran chapuza, perdí toda la fe en el departamento, me sentí tan mal que estuve a punto de abandonar, no podía más. Además coincidió con el momento más crítico psicológicamente para mí. Me sentía inútil como mujer, no le veía sentido a mi vida. La naturaleza me negaba lo que más quería y que para tantas personas que no lo “merecían” tanto como yo les venía dado sin ningún esfuerzo. Sentía lástima de mí misma, rechazo, odio, asco... Sentía a todo el mundo como mi mayor enemigo. Estaba al borde de la mayor de las depresiones. Aún quedaba un intento de IA y no me sentía con fuerzas para afrontarlo.

Quiero comentar, para ser justa, que la persona que peor me lo ha hecho pasar ha sido la jefa del departamento a la que llamo dra. Matanueras. Los demás, sin ser la repera, fueron algo más atentos, al menos me miraban a la cara, mostraban algo de empatía, trataban de resolver mis dudas aunque escuetamente (la culpa quizás también era mía por no insistir cuando me quedaba con dudas).

Sobre el personal de laboratorio, salvo alguna raspilla, la que solía atendernos para recoger la muestra y entregárnosla posteriormente era un encanto, siempre intentando transmitir positivismo, siendo bastante cariñosa, con una sonrisa en la cara. Mi más profundo agradecimiento a ella, porque aunque a veces me hacía ilusiones por sus palabras, la verdad es que ella hacía correctamente su trabajo, me informaba de la buena calidad de las muestras y me deseaba la mejor de las suertes. Un amor.

De las chicas de farmacia, que es el lugar al que hay que acudir para recoger la medicación, tampoco tengo la más mínima queja. Al contrario, cuando explicaban el modo de administración de las inyecciones fueron siempre muy atentas y agradables, además el último día que fui allí a por medicación, ya en plena FIV, pedí permiso para pegar el cartel que hice sobre la #Infertilpandy (que podéis ver al pie del blog y que tenéis a vuestra disposición) y les pareció una gran idea.

Tenían una caja de bombones que alguna mamá agradecida les había llevado y me dijeron que el mayor de los regalos para ellas era que les llevasen a los bebés para conocerlos y que esperaba que pronto yo pudiese presentarle también a mi retoñito. Un encanto.

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